Llegar a la capital de Camboya, Phnom Penh, es llegar a una ciudad que se siente pequeña pero con ganas de crecer.
Aquí nos íbamos a quedar solamente una noche, ya que no nos llamaba tanto la atención visitar una ciudad tan grande.
Conforme te acercas a la ciudad, empiezas a ver tráfico de bicicletas. Te acercas un poco más, y a las bicicletas se le suma el tráfico de tuks-tuks. Y cuando llegas a la ciudad, el tráfico es una mezcla de coches, autobuses, bicicletas y tuks-tuks.
El panorama cambia: las casas hechas de lámina y madera pasan a ser casas de cemento. De ver ganaderos y agricultores, pasas a ver gente sacando dinero del cajero automático, niños saliendo del colegio, y todo lo propio de una ciudad.
Lo primero que nos impresionó fue la cantidad de proyectos de construcción que se llevan a cabo. Los rascacielos en construcción te hacen pensar que estas en una ciudad del Golfo Pérsico y no en el Sudeste Asiático.
Había leído que China está invirtiendo mucho dinero en Camboya, pero no sabía hasta que punto.
Pasamos por el Palacio Real, el monumento a la independencia (el equivalente al Arco del Triunfo parisino), el malecón a un lado del río Mekong (que es el área más turística).
Llegamos a la estación de autobuses y rápidamente los empleados bajaron nuestras maletas. La verdad es que la compañía de autobuses que habíamos elegido -fuera del tema de la conducción en Camboya, que estaba fuera de su control- se saca un diez.
Habíamos decidido caminar hacia el hotel ya que estaba a solo dos calles.
Empezamos a caminar y lo primero que notamos es que algunas áreas de las calles no estaban muy bien iluminadas. Lo segundo que noté fue que varios grupos de personas locales (en su mayoría hombres jóvenes) se nos quedaba observando.
Seguramente lo hacían porque éramos personas diferentes a ellos (lo habíamos vivido en Tailandia y Vietnam), pero mi instinto mexicano -que había vivido en ciudades como Tijuana y el DF- me hizo decirle a Begüm que regresáramos a la estación de autobuses y de ahí pedir un tuk-tuk por medio de Grab (el equivalente de Uber).
Al fin y al cabo, estamos en un país con muchas necesidades y una desigualdad social significativa.
Después de pagarle 1 dólar al conductor de tuks-tuks cuando nos dejó en el hotel, hicimos el check-in.
Yo le había pedido a Begüm que en Phnom Penh quería quedarme en un buen hotel en donde tuviéramos todos los servicios. Quería descansar un poco del viaje en autobús y no quería tener que buscar restaurantes y sitios para comer.
Cuando viajas por una larga temporada, uno de los factores que hay que cuidar es la fatiga de toma de decisiones.
Al cambiar de ciudades y países de manera constante tienes que buscar restaurantes, hospedaje, cafés, etc. en cada sitio nuevo, lo cual puede resultar agotador. Es por eso que nuestra estrategia es quedarnos en sitios por más tiempo, y así disfrutar un poco más de nuestro destino y reducir la toma de decisiones.
Y así lo hicimos. En nuestro hotel pudimos ir al gimnasio, cenamos en el restaurante de comida china que teníamos en el nivel 2 en donde nos atendieron de manera increíble, nos tomamos una cerveza local en el bar con vistas al río Mekong, y pudimos dormir en una de las camas más cómodas en las que he dormido.
A la mañana siguiente, después de descansar como Dios manda, bajamos al desayuno y nos preparamos para tomar el siguiente autobús que nos llevaría a Siem Reap.

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